REFLEXIÓN DE KURDISTAN IRAQUÍ: El precio del imperio

RedECAP
19 de junio, 2012
REFLEXIÓN DE  KURDISTAN IRAQUÍ: El precio del imperio

por Pat Thompson

A pesar del pesado calor afuera, es sótano estaba frío, casi húmedo, con el olor de concreto viejo desmoronándose y años de tormentas de polvo. Estaba oscuro pero una luz brillaba, empapando todo en una capa roja siniestra, mostrando el camino, mostrando sus caras, retorcidas con miedo, dolor y pérdida.

Fotos colgadas en la pared, una por pared. Grandes, pinturas de cuerpos caídos casi del tamaño de una persona, niños en estado de decomposición, vacas hinchadas. Quedé en silencio. Conozco la historia, las décadas de brutalidad, de limpieza étnica, el asesinato sistematizado de hombres, mujeres y niños kurdos en los 1980, la campaña al’Anfal de Saddam. Inclusive había visto esas fotos antes. Pero esto era diferente; el horror estaba cercano y espeluznante.

Dejé el sótano, subí las escaleras, dejando atrás la exhibición de las víctimas de Halabja. Entrando en la luz del sol, una lluvia suave estaba cayendo. Mohammed, nuestro amigo, estaba esperando, con un cigarrillo en boca, hablando con el guía. 


Escritorio en un aula de interrogación de Amna Suraka

Amna Suraka, la prisión de “Seguridad Roja” está erguida en el medio de Sulaimani, un monumento a la campaña de Anfal y el control abusivo de la gente Kurda ejercido durante los años de Saddam Hussein. Amna Suraka todavía esta erguido como un testamento a la rebeldía Kurda. Nunca más serán tratados como animales abusados, golpeados, violados, torturados, deshumanizados simplemente por ser Kurdos. En los 80 Amna Suraka era el centro de control de Saddam en la ciudad—las barracas, las oficinas administrativas, la prisión, los cuartos de interrogación, las celdas de encarcelamiento solitario: todas estas estructuras necesarias para mantener a la gente bajo control. Mohammed recuerda esos días; era un adolescente entonces. Estaba en silencio sentado en los escalones, pero el recordaba. Lo podía ver en su cara, los recuerdos dolorosos, familiares y amigos muertos, talvez en esta prisión.

Mi hogar tiene parte de la culpa por el dolor de Muhammed. Mi país tiene parte de la culpa por las 182,000 victimas de Anfal. El Reino Unido le vendió a Saddam algunas de las armas que usó contra Irán. También vendió armas a Irán para usar contra Saddam. Y le vendimos a Saddam químicos que el usó para hacer sus armas químicas—armas que usó contra Irán y los Kurdos Iraquíes. 


                Sede administrativa de Amna Suraka

Los Británicos continuaron supliendo a Saddam por todo el el Anfal. El chance de que ninguna de estas armas y químicos fuera usada en contra de los Kurdos es bastante pequeño. Y sabíamos exactamente lo que Saddam estaba haciendo, pero seguíamos supliendo. Tenemos excusas por supuesto; la década de los 80 fue un tiempo de recesión, necesitabamos el dinero, y Saddam, como otros personajes “detestables” estaba dispuesto a pagar. Lo aceptamos por los intereses del Reino Unido, por mi propio interés.

Ví a Mohammed, sentado en los escalones de uno de los edificios de Amna Suraka; fumando silenciosamente. Tuve que preguntarme, qué he ganado al costo de su pueblo? Mi educación, mi cuidado médico “gratis” pagado en parte por las muertes de tantos kurdos. No es lo suficiente decir que la sangre kurda está en nuestras manos. Estamos hasta el cuello con ella y en la sangre de incontables personas de todas partes del mundo, lo que queda de nuestro Imperio.